Encore un conte écrit par Gisel, toujours sur une étonnante rencontre en Ixcan, au Guatemala, avec Don Catalino...
A las manos de Catalino Santos.
A sus manos de tierra, historia y esperanza...
Ahí estaba, mirándolo con sus ojos largos y su cuerpo grácil.
Ahí estaba, después de tantos años, tantos encuentros y desencuentros, por fin ahí lo tenia, frente a él, sólo una corta distancia separaba sus dedos de sus armoniosas líneas.
¿Cómo hacer para tenerlo, para hacerlo suyo?...
Habían pasado varios años desde su primer encuentro.
Su madre lo había cargado por días hasta llegar al santuario donde lo imposible no existía. Colgado a su espalda, Catalino había descubierto los secretos del mundo mas allá de su aldea, veía
nuevos árboles, ríos más salvajes que aquel donde su mamá lavaba la ropa de su numerosa familia, montes y montes vestidos de verde milpa;
"Tanto maíz, que grande ha de ser esta familia", pensaba Catalino colgado del cuerpo materno... El ritmo de la marcha de su madre lo adormecía, resultaba ser una perfecta cuna, se sentía
cabalgando en un corcel tibio y dulce; entre siesta y siesta abría los ojos para dejarse ahogar por el azulado cielo que le acariciaba sus ojos de niño o por el brillo lunar que lo arropaba junto
al pecho de su mamá...
No sabe muy bien cuantas lunas vio ni cuantos soles sintió hasta que, por fin, llegó a la casa del santo milagrero. Su madre, agotada por la dulce carga, lo sentó a la entrada de la iglesia
mientras ella iba a conseguir unas candelas, puñado de luz y calor, con que agasajar los ojos del santo, para que éste cumpliera el difícil milagro: enderezar los pies de su niño, el inquieto
Catalino. Desde el día que el patojo amaneció con los pies al revés nada era igual en el rancho... pero ahora había encontrado la cura para la extraña enfermedad del pequeño, que no debía ser
menos que un castigo; ¡saber que pecados había cometido ella... o su marido... para merecer semejante castigo divino! Sin embargo, la mujer no se rendía, esperaba conseguir el perdón, la venia
divina a través de este milagroso santo para que su niño recuperara el andar.
Catalino, obediente y manso como era desde que las piernas le amanecieron al revés, se quedó sentado sobre el piso de ladrillo rojo y caliente donde lo habían dejado. Allí esperaba paciente, sin
preocuparse del paso del tiempo, desde muy pequeño aprendió que esa preocupación no servía de nada, ni siquiera sabía de relojes, para él sólo existía el sol y la luna, la lluvia y el viento,
aquello era lo esencial de la vida; la espera era algo conocido para él y para su pueblo. Aquella madrugada la espera lo recompensó con el mejor encuentro de su corta vida: Sentado y medio
dormido sus oídos recibieron el canto precioso de un pájaro desconocido, cuyo trino no se parecía al de ningún pajarillo de la aldea. "Que tipo de ave será?", se preguntó mientras su
mirada desnudaba los árboles que lo rodeaban, de rama en rama y flor en flor dando brincos rápidos y ansiosos. De pronto descubrió la figura de aquel pajarito cantor que trinaba armoniosamente en
los brazos de un gordo que le parecía enorme. ¡Que guitarrita más singular!... sin darse cuenta se encontró sentado a los pies de este hombre gigante que rascaba la panza de la guitarra con una
vara delgada. Para sorpresa de todos, desde aquel encuentro sus pies se comenzaron a enderezar, ¡el milagro había ocurrido!
Los suyos pensaron que había sido el santo milagrero que había cumplido la petición. Sin embargo, a él le gustaba pensar que había sido el canto de este pájaro de palo en los brazos del gigante
el que le había concedido la venia de enderezar sus traviesos pies, quizás el mismo gigante era el santo... y su guitarrita cantora era la medicina!... saber... Desde aquel día mágico, Catalino
se había prometido que algún día él mismo llegaría a realizar milagros con la ayuda de esta guitarrita cuya música era capaz de curar penas, animar las almas y enderezar pies... ¡Con fe todo es
posible!
Los años pasaron, Catalino creció corriendo por los montes, cargando leña en su mecapal, cortando milpa, arriando animales y sembrando frijoles. Sus manos eran grandes, duras y en ella guardaba
el sustento de sus once hijos; pero su alma conservaba la dulzura del niño maravillado frente a la guitarrita que no era otra cosa que un violín de voz dulce. Hoy su camino y el del violín se
volvían a cruzar, "la guitarrita" ya no estaba en manos del gigante, hoy era un hombrecito pequeño quien poseía el anhelado tesoro... ¿Se atrevería a hablar con este hombre?, quería tener el
violín, pagaría lo que fuera por tenerlo en sus brazos, pero ¿qué tal si le pedía un precio que su cosecha de maíz no podría pagar? No soportaba la idea de seguir viviendo alejado de aquel mágico
pájaro cantor que parecía deshacerse entre los brazos de su dueño con una vocecilla dulce y esperanzadora.
Tímidamente lo esperó a la salida del velorio y se le acercó con paso lento, "Disculpe don, pero me gustó mucho lo que hizo allá dentro", el otro hombrecillo le prestó poca atención,
estaba acostumbrado a los halagos de quienes lo oían tocar.
"¿Cuánto me pide por el violín?", dijo Catalino, cazando con sus palabras la esquiva mirada del músico.
"No, esto no tiene precio, ¿como ponerle precio a la voz de un amigo?", fue la respuesta.
"Pagaré lo que sea, no tengo mucho, pero diga lo que quiere y aquí lo tendrá!", ¡tenía que ser suyo, no podía dejarlo ir!
El hombre lo miró otra vez y sonriendo le dio un precio demasiado elevado para un campesino como él, sus frijoles y el maíz no daban para conseguir tantos quetzales... Quetzales... ¿Por qué se
llamará así la moneda? ¿Será acaso porque para los pobres son tan difíciles de conseguir como lo es el llegar a ver un quetzal en medio de la selva?...
"Mañana, aquí. Mañana", fue la respuesta de Catalino, quien sin esperar las palabras de acuerdo del dueño del ansiado tesoro, giró la espalda y emprendió la ruta hacia el rancho.
Se le vio llegar con la mirada ausente, esa tarde sólo comió un par de tortillas y no se acabó los frijoles colados que había preparado su compañera, se fue a recorrer su parcela y se le vio
pasar un buen rato junto a las bestias.
"¿Qué le pasa al viejo?" se preguntaba la familia y la respuesta era el silencio acompañado de la brisa nocturna.
La luna aun no se había acostado, cuando Catalino ya estaba en pie al lado de sus dos únicas vacas, las miraba a los ojos y luego caminaba otra vez a paso lento, del rancho al huerto...del huerto
al rancho... Hasta que partió al encuentro de su sueño infantil. Al llegar ni siquiera saludo a los presentes que acompañaban al muerto que yacía sobre la mesa vestido con sus mejores prendas.
Con una mirada llamó al músico, quien salió enseguida llevando su violín envuelto en un trapo amarillento por el polvo de los años y los viajes.
"Aquí está lo que me pidió" y le extendió la mano mostrándole a las dos vacas que mordisqueaban el pasto, indiferentes a todo.
Sin entender mucho, el músico miró las vacas con ojos de sorpresa, "¡Unas vacas!... ¿usted me quiere pagar con estas bestias?"
"Valen el precio que usted me pidió por el violín, están gordas y si las hace preñar pues le darán buena leche. ¡Podrá darse por pagado dos veces!", le aseguró, mientras su mano pedía
con un gesto la entrega del violín.
Siempre sorprendido y ante la seguridad de Catalino, el músico no tuvo más que despedirse de su pájaro cantor. Un abrazo apretado fue la despedida que el hombre le dio a su amigo de caminos antes
de entregarlo a las hambrientas manos de un Catalino que no paraba de sonreír.
"Ahora es suyo, cuídelo, es un buen amigo"
"Ya nos conocemos con este pajarito, sé que es de los mejores, a mi me entregó su amistad hace años, pero nos habíamos perdido por un tiempo; ahora nos reencontramos. Gracias!", fue la
respuesta de Catalino antes de darse media vuelta y volver al rancho.
El regreso a casa fue el mejor viaje que haya hecho, le parecía sentirse más joven, más ligero; le parecía que volaba llevado por la brisa caliente del mes de mayo, sus manos no podían estar
quietas, deseaban acariciar el cuerpo del violín que, callado, esperaba por los dedos de su nuevo dueño.
Cuando cruzó el río recordó a los suyos, pensó en el trueque que venía de realizar. Desde el río vio la milpa que él y sus hijos habían sembrado hace un par de meses atrás, ¿sería buena la venta
esta temporada?... ¿y si no lo era..?, ya no tenía las vacas para venderlas en caso de necesidad... Si las cosas no iban bien pasarían un muy mal invierno, sin quetzales y sin suficiente maíz la
panza de los suyos comenzaría a hacerse oír... ¿Qué diría su mujer?... ¿Sus hijos?... ¿Lo culparían por haber cumplido su infantil sueño?...
De pie, mojado por los suaves cabellos del río, con los ojos en su parcela, la cabeza entre los suyos, agobiada por el porvenir; sintió sus piernas fuertes, rectas y seguras. Al ritmo de un
suspiro miró sus manos y vio que no estaban vacías, estaban llenas de cantos que esperaban por salir y hacerse luz, ser esperanza. Recorriendo la mágica silueta de aquel antiguo amigo, el pájaro
cantor milagrero, que años atrás le había dado a probar su esencia esperanzadora... tuvo la seguridad, "
Nada puede resultar mal, sólo hay que confiar en la vida y su canto, con el corazón contento y la fe entre las manos nada puede salir mal. ¡Vamos!"
Gisel Sparza Sepúlveda
Cía. LA OBRA
Octubre 2008